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viernes, 29 de abril de 2016

Poesía Hecha Por Mujeres (XVIII). ALEJANDRA PIZARNIK


Alejandra Pizarnik: la sonrisa desde el precipicio

Hoy se cumplen 80 años del nacimiento de una de las grandes poetisas bonaerenses. 


"Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero".

"La jaula se ha vuelto pájaro y ha devorado mis esperanzas".
Por sus versos surrealistas, las circunstancias de su muerte y su carácter depresivo, se ha creado una suerte de mito alrededor de la figura de Alejandra Pizarnik, una de las grandes poetisas del siglo XX.

Pizarnik nació el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires, hija de inmigrantes judíos, y fue bautizada con el nombre de Flora Pizarnik Broniker. Creció en el barrio de Avellaneda. Asistía a la escuela regular por las mañanas, y al instituto hebreo por las tardes. Se dice que los motivos para el desarrollo de una personalidad en violenta batalla consigo misma fueron, especialmente, la temprana inconformidad con su apariencia y la incapacidad para sentirse cómoda en un idioma que no era en realidad su lengua materna.

Entre los temas recurrentes en la escritura de Pizarnik está la memoria de esos parajes de la infancia, a los que a menudo reconoce como escena original de la tristeza:

"Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón.

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos".

"El despertar" (Las aventuras perdidas)

En 1954 ingresó en la Universidad de Buenos Aires donde estudió Periodismo y Filosofía y Letras, abandonando los estudios tres años después. Empezó a tomar clases de pintura con Juan Batlle Planas. De sus dibujos, llegó a exponer algunos en galerías de Buenos Aires.

A los 22 años publicó su primer libro de poemas La tierra más ajena, colección que luego ella misma excluiría del listado de sus obras.

Un débil equilibrio emocional y los tortuosos acosos del insomnio que describe en sus diarios, la llevaron a refugiarse muy pronto en las anfetaminas y a buscar ayuda en sesiones de psicoanálisis. En 1956 publicó un segundo poemario titulado La última inocencia, que dedicó a su analista Oscar Ostrov. En este libro se revela ya uno de los rasgos constitutivos de su escritura: la construcción de un yo lírico autobiográfico, volcado al mundo interior que nombra el desconsuelo y coquetea siempre con la muerte:

"Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
Que beben mi sangre

Cómo no me suicido frente a un espejo
Y desaparezco para reaparecer en el mar
Donde un gran barco me esperaría
Con las luces encendidas!?"

Vivió en París entre 1960 y 1964, y allí trabajó para la revista Cuadernos y, como traductora, para algunas editoriales de escritores como Antonio Artaud, Henry Michaux, Aimé Casairé e Yves Bonnefoy. Conoció, durante dicha estancia, a Julio Cortázar y Octavio Paz -éste último sería prologuista de su libro Árbol de Diana (1962)-.

Los diarios de Alejandra Pizarnik, recogidos por primera vez por Olga Orozco y Ana Becciú en Textos de sombra y últimos poemas (1982), se han convertido en el recurso privilegiado de los críticos para indagar en sus procesos de escritura y en el desarrollo de la depresión y enfermedad mental que la llevó al suicidio. En París, durante el mismo período en que publicó uno de sus libros más celebrado, Árbol de Diana, escribió:

"... El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi distracción. Tal vez por eso siento, cada noche, que me he olvidado de algo". (8 de marzo de 1962). 

En 1965, ya de regreso a Buenos Aires, obtuvo el premio municipal y publicó Los trabajos y las noches, una selección de los textos escritos en París. Pero la escritura de Pizarnik está siempre cercada por su inconformidad ante el propio lenguaje. Sus textos, de forma preferiblemente breve, revelan la ansiedad por llegar a un sitio medular de las palabras. Sus diarios relatan, además, la búsqueda por desatar su lenguaje del plano autorreferencial:

"En el fondo yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción. Y además me recuerda esa condena que no puedo 'hincar el diente' en lo concreto. Si pudiera hacer orden en mis papeles algo se salvaría. Y en mis lecturas y en mis miserables escritos" (25 de julio de 1965).

Por esta misma época, empezó también a publicar textos en prosa; entre ellos: La condesa sangrienta, que apareció en la revista mexicana Diálogos en 1965; Los poseídos entre lilas y La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa, relatos que ella misma excluyó de su lista de publicaciones.

La Extracción de la piedra de la locura (1958), otros de sus libros más celebrados, se articula en la combinación entre sus textos breves y el poema en prosa; sigue, sin embargo, circulando por sus tópicos comunes: el lenguaje, la muerte, la enfermedad y el miedo.

"La que murió de su vestido azul está cantando. Canta embuida de
muerte al sol de su ebriedad. Adentro de su canción hay un vestido
azul, hay un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado con los ecos
de los latidos de su corazón muerto. Expuesta a todas las perdiciones,
ella canta junto a una niña extraviada que es ella"

(De "Cantora Nocturna")

En 1969, recibió la beca Guggenheim y, en 1971, la beca Fullbright, publicando en ese mismo año El infierno musical, un libro cuyo principal tema es el lenguaje, el deseo por poner a la palabra en el centro de lo que no puede nombrar.

"La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melancolía rota de mis frases"

(aparte de la "La palabra del deseo", tomado del libro El infierno musical).

En la madrugada del 25 de Septiembre de 1972, mientras pasaba una temporada fuera de la clínica psiquiátrica donde se hallaba internada, Alejandra Pizarnik se suicidó con 70 pastillas de seconal. Se dice que sus familiares mutilaron por pudor los diarios que hoy conocemos, como testimonio exacto de su viaje queda entonces su silencio y su poema. 




Su Obra

La obra de Alejandra Pizarnik se ubica entre las más intensas y originales de la literatura argentina. Obra que no se reduce sólo a un poemario de calidad excepcional, sino que abarca también la crítica literaria y una vasta correspondencia. El interés por el lenguaje, las palabras y su imposibilidad de definir la realidad son los ejes principales de su poesía. 

Una primera aproximación a su obra nos muestra que tanto sus cartas y sus estudios críticos como sus diarios y sus poemas atestiguan una apasionada obsesión por la palabra, es decir, una reflexión incesante acerca de las posibilidades y los límites del lenguaje. En esta indagación, fue maestra por su audacia y porque supo arrancar del castellano una entonación desconocida, en la que se perciben lo intenso, lo violento, lo profundo, lo sutil entrelazados de una manera difícilmente imitable:

Explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome La rebelión consiste en contemplar una rosa / hasta pulverizarse los ojos ¿Qué diría el mundo / si dios lo hubiera abandonado así?

Estos ejemplos muestran que la precisión de Alejandra Pizarnik para dar con la inflexión única de cada palabra en el poema no impedía que una especie de electricidad negra se propagara a través de esa rara exactitud. Estos poemas hablan de la extrañeza de ser en el mundo y lo dicen de un modo conciso; no son verbalmente "placenteros", sino que aparecen como chispazos memorables que alumbran una angustia experimentada con auténtica lucidez y una indiscutible eficacia verbal. Es ese impacto central el que alcanza a l@s lector@s y escritor@s jóvenes, que llegan a decir que se sienten secuestrad@s por ella.
"Heredé de mis antepasados las ansias de huir. Dicen que mi sangre es europea. Yo siento que cada glóbulo procede de un punto distinto. De cada nación, de cada provincia, de cada isla, accidente, archipiélago, oasis. De cada trozo de tierra o de mar han usurpado algo y así me formaron, condenándome a la eterna búsqueda de un lugar de origen".

TEMAS CENTRALES QUE RECORREN SU VIDA Y SU OBRA

Su poesía y su existencia atestiguan permanentemente el sentimiento de la inadecuación del lenguaje para expresar al mundo, y la inadecuación del mundo con respecto a nuestros deseos más profundos. En esto se aparta de la tradición de la poesía de lengua española, que no suele internarse con tanta tenacidad, verdad e intensidad en estas zonas de la experiencia. Ella es un testigo trágico e insobornable de este sentimiento, y lo expresa con una fuerza extraordinaria. Es decir, que hay en ella, por un lado, desconfianza central en el lenguaje y, por otro, paradójicamente, una excepcional maestría en el lenguaje poético con el que denuncia esta falla central de las palabras para decir realmente lo que nos pasa: "Sospecho que lo esencial es indecible".



De este sentir trágico deriva el miedo: miedo a no ser de este mundo, a no saber qué hacer con ese no ser de este mundo y, asimismo, miedo a la locura, miedo a envejecer. Pero, según la advertencia de Rilke: "Hice algo contra el miedo -escribí con él", Pizarnik fue muy tenaz en su vocación y valiente en su sufrimiento; se interrogó hasta el final y hasta las más extremas consecuencias acerca del sentido de su escritura, de lo que su compromiso con la poesía significaba: "Ayúdame a no pedir ayuda". Y, sobre todo, siguió escribiendo hasta sus últimos días.

Otro rasgo -en general, poco explorado- es su generosidad con otr@s escritor@s, en cuanto a datos, referencias, informaciones, pero aun más, y lo que es mucho más raro, generosidad en la disponibilidad a la escucha -a la escucha profunda. En general, los grandes poetas y las grandes poetisas están plenos de la escucha fundamental, que es la escucha del propio lenguaje. Pero Alejandra escuchaba también a l@s otr@s de una manera muy reveladora, como lo hacen l@s buen@s terapeutas.

En su escritura -sobre todo, en su correspondencia, sus entrevistas y sus artículos críticos- ella traza a su manera mapas en los que interconecta lecturas y experiencias: es capaz de tramar un tapiz verbal excepcional intercalando citas de poetas como Amelia Biagioni, filósofos como Soren Kierkegaard, y el Evangelio. Como Kafka o como Vallejo, ella escribe desde los huesos, porque más allá del sufrimiento, escribe de lo esencial con lo esencial. En su última obra, El infierno musical y Extracción de la piedra de locura, es donde llega a lo máximo de su capacidad expresiva -es decir, a una cercanía con lo infernal raramente superable en lengua española.


SU CAPACIDAD CRÍTICA

Si bien ha existido, a veces, la tentación de convertirla en objeto de culto o en un mito, es necesario apreciar la figura de Alejandra en toda su complejidad. En ella, el sello de lo trágico es patente y central, pero también el humor, la preservación de la infancia, la reflexión sobre la música, la pintura y el silencio, la mirada crítica sobre la tradición literaria, el ejercicio lúcido de la irreverencia. Así que estas dos pautas tienen que conducirnos cuando nos aproximamos a ella: no se trata solamente de una poetisa de la tragedia, de la muerte y del suicidio, sino también de una persona extraordinariamente lúcida, excepcionalmente crítica y con una visión sumamente matizada y rica del mundo.

En realidad, es muy difícil establecer una ubicación concreta para Alejandra Pizarnik, porque ella aparece como un meteoro solitario en la poesía argentina. Sus escritores predilectos son Michaux, Lautréamont, Bataille, en su mayoría franceses que representaban el surrealismo, y sus seguidores en la Argentina, como Enrique Molina u Olga Orozco, de quien era gran amiga. Y también los románticos y los neorrománticos (Nerval, Hölderlin, Rilke), que estuvieron asimismo presentes con su influencia en la literatura argentina de los años cuarenta hasta los sesenta.

Pero el arte de la interpretación de Alejandra es muy personal: no es una lectura literaria, sino una indagación acerca de qué dicen todos estos autores sobre la muerte, sobre la infancia, sobre el sueño. Nunca se asimila totalmente a ninguna corriente literaria: ella trabajaba también sobre textos que estaban muy distantes de la atención de los grupos literarios de su época. Por ejemplo, transcribía muy hermosos poemas quechuas y poemas mayas que había recogido Miguel Ángel Asturias, una poesía indígena hermosísima, que en general no se conoce porque se buscan más bien los prestigios literarios que vienen de Europa o Estados Unidos. Se alimentaba de las canciones de Édith Piaf, de los tangos de Discépolo, de la Biblia, del Talmud; conocía las poesías galaico-portuguesas del siglo XIV, las famosas cantigas. Es decir, que el espectro de Alejandra, en cuanto a lecturas y fuentes, era inmenso, y no se encerraba en las modas del momento. Ella navegaba por la literatura en su totalidad y todo era material para su poesía. Con su memoria y su atención prodigiosa, podía engarzar todo esto en su propia poética.



No hay que olvidar que la profundidad de Alejandra, su extraordinario don de lectura y de crítica fulminante, provenían de una gran exigencia y concentración interior. Era sorprendente en su manera de descubrir verdades obvias pero escondidas en cuanto al lenguaje, a la literatura y al canon de recepción de autores clásicos o marginales. Podía descifrar en un segundo lo ridículo en un escritor consagrado así como advertir la sorprendente profundidad de una paradoja volcada en una copia popular: estaba inmersa permanentemente en la matriz de la lengua y su libertad de percepción le permitía un juego constante de alusiones y entrecruces reveladores que serían normalmente ignorados por los más advertidos.

"Entre otras cosas escribo para que no suceda lo que temo, pero que lo que me hiere no sea, para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es un gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implica exorcizar, conjurar, y además reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, desgarradora. Porque todos estamos heridos".

Lo que decía parecía tan absolutamente sensato, que ocultaba la originalidad de su mirada: tenía el don del adjetivo infalible y la mirada agresivamente fresca, como lo revelan sus estudios sobre Silvina Ocampo, Octavio Paz o Julio Cortázar -entre muchos otros-. Sus escritos críticos deberían ser un modelo para quienes hoy aprenden o enseñan literatura, porque son un antídoto eficaz contra la jerga académica impenetrable que muchas veces impide el acceso a los textos que más pueden interesarnos. 


UBICACIÓN EN SU TIEMPO

Alejandra encarnó a fondo y hasta el final una época de gran vitalidad, la de los años sesenta, que fue rica en debates culturales, políticos y poéticos de gran calibre. Es raro en nuestros tiempos encontrar una conciencia como la suya, tan persuadida del contacto de la belleza con lo tenebroso, no como una moda literaria sino como una propiedad de la vida misma.

Pero su obra más desafiante coincide con un período sombrío para el país cuando comienzan a recortarse las libertades no sólo literarias sino políticas y vitales. Aquéllos que ella llamaba "los funestos, los dueños del silencio" dispusieron, con la irradiación siniestra de sus poderes de intimidación, el silencio o el silenciamiento de la voz de Pizarnik después de su muerte. Procuraban acallar el escándalo que se encarnaba en una mujer de pequeña clase media, judía que había ejercido una gran libertad en sus decisiones personales, rindiendo poco o ningún tributo a las convenciones mundanales y cuyos poderes de seducción e inspiración se fundamentaron siempre, ante todo, en su propia, solitaria y fascinante palabra poética. El silenciamiento fue efectivo: desde la muerte de Pizarnik en 1972 a la edición de su primero -y único- libro de escritos póstumos en la Argentina, Textos de Sombra, editados por Orozco y Becciú y publicados en 1982, corren 10 años, mediados en parte por la sombra de la dictadura y su censura. Y aun cuando una nutrida crítica, en general muy positiva, acompañó su trayecto en vida no parece casual que, en la Argentina, los artículos más numerosos se publiquen sólo luego del cese del gobierno militar; es a partir de los mediados de los ochenta que comienzan a nuclearse en nuestro país los escritos en torno a Pizarnik, cuando su nombre comienza a crecer indeteniblemente.


SITUACIÓN DENTRO DE LA LITERATURA ARGENTINA

Alejandra no vino a ubicarse dentro de la poesía argentina sino a desubicarla, y no sólo a la poesía argentina, sino también a la poesía contemporánea. Por eso resulta imposible tratar de darle un lugar, ya que su lugar de elección es un no-lugar, un "no va más" en la palabra poética. Ella dice: "cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo"; "si digo agua ¿beberé? / Si digo pan ¿comeré?", y con eso denuncia la debilidad central de todo intento poético. O si no: "la lengua es un órgano de conocimiento / del fracaso de todo poema". Esto es lo que vuelve tan única la voz de Alejandra. Nadie se colocó en una actitud tan radical para pensar en las condiciones de realidad del poema, que también son, en su mundo, las condiciones de realidad de la vida. Quiso elegir la palabra como único imperio, y se encuentra con que el poder de la palabra consiste en desplazar a las cosas. Pero cuando, de alguna manera, a ella también acaban por faltarle las cosas, se produce el drama, la tragedia, la fisura: "Yo no quiero decir / yo quiero entrar". Con esto podríamos ubicar de alguna manera el tipo de no-lugar donde ella se encuentra.

Ejemplar en el seguimiento tenaz de su vocación, resulta una guía imprescindible en su no concesión a lo trivial, su obstinación absoluta en insistir en el destino fundamental del poeta, que ella se formula como una lucha "cuerpo a cuerpo" con el poema. Así se pregunta: "Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir".


ALGUNAS OPINIONES CRÍTICAS

Alberto Manguel: "Su arte consistía en alcanzar el centro del poema bajo una compleja masa de pensamientos, imágenes, astillando el argumento hasta dar su denominador común esencial". Era fiel a su lema: "Escribir es dar sentido al sufrimiento". Una vez recitó ante mí una línea de Michaux: "El hombre, su ser esencial, no es más que un punto. Es ese punto el que la muerte devora". Pero agrega Manguel- muchas veces supo transformar en humor su sufrimiento.

Susan Haydu: "La obsesión central de Pizarnik fue el problema del lenguaje. Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra". Pero más adelante llega a pensar que sólo puede trabajar con alusiones, con aproximaciones, pero no con palabras. Se puede expresar sólo lo obvio, nunca lo esencial, que es, para ella, indecible. Es interesante notar que Borges dice que Lugones, que era esencialmente "verbal" -al igual que Pizarnik- se mató cuando comprendió -por fin- que la realidad es incomunicable y atroz. Algo semejante ocurre con Alejandra".

Enrique Pezzoni: "... así como en su poesía las imágenes se constituyen unas a otras como si fuera perfilando una zona central que es la de lo no dicho y que adquiere valor como un hueco central, también en la vida de ella ocurría lo mismo; todas esas actitudes y expresiones fuera de tono iban enmascarando esa zona central de silencio. (...) Conocerla fue el coup de foudre; conservó todas sus características míticas porque estaba todo el tiempo jugando contigo, pero a la vez sabías que había una zona impenetrable, ¿verdad? (...) Su afinidad mayor con el surrealismo es aquella definición "la verdadera vida está en otra parte": ésa era la cosa central que funcionaba en la poesía y en el vivir de Alejandra".

Ivonne Bordelois: "... tanto en cartas como en poesía, Alejandra realiza una operación muy extraña en el español, lengua sólida, sonora y solar en su sustancia prima, que con ella se vuelve un idioma vacilante y nocturno, frágil y misterioso, lleno de acechanzas y vislumbres, mucho más sutil y profundo de lo que suele ser; tanteos y resistencias que ceden al paso de una voz única e irrepetible. Es por esto que, aún cuando mucho se la ha plagiado, lo que no puede plagiársele es la voz poética, que la señala como una poetisa mayor de nuestro siglo". 




FUENTES: About.com; educ.ar | Ivonne Bordelois



Algunos Poemas

A LA ESPERA DE LA OSCURIDAD

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro 
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Por ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

LA ENAMORADA

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

(De La última inocencia, 1956)

SALVACIÓN

Se fuga la isla 
Y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro profeta
Ahora
es el fuego sometido
Ahora
es la carne
la hoja
la piedra
perdidos en la fuente del tormento
como el navegante en el horror de la civilización
que purifica la caída de la noche
Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.

LA JAULA

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

LEJANÍA

Mi ser henchido de barcos blancos.
Mi ser reventando sentires.
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.
Quiero rehuir la inquietud de tus labios.
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas?

NOCHE

correr no sé donde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!
trenzas sujetan mi anochecer
de caspa y agua colonia
rosa quemada fósforo de cera
creación sincera en surco capilar 
la noche desanuda su bagaje
de blancos y negros
tirar detener su devenir

LA ÚLTIMA INOCENCIA

Partir
en cuerpo y alma
partir.

Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.

He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más fila para morir.

He de partir

Pero arremete ¡viajera!



EL DESPERTAR
a León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento 
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

EXILIO
a Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas
aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.

PEREGRINAJE
a Elizabeth Azcona Cranwell

Llamé, llamé como la náufraga dichosa
a las olas verdugas
que conocen el verdadero nombre
de la muerte.

He llamado al viento,
le confié mi ser.

Pero un pájaro muerto
vuela hacia la desesperanza
en medio de la música
cuando brujas y flores
cortan la mano de la bruma.
Un pájaro muerto llamado azul.

No es la soledad con alas,
es el silencio de la prisionera,
es la mudez de pájaros y viento,
es el mundo enojado con mi risa
o los guardianes del infierno
rompiendo mis cartas.

He llamado, he llamado.
He llamado hacia nunca.

CENIZAS

La noche se astilló de estrellas
mirándome alucinada
el aire arroja odio
embellecido su rostro
con música.

Pronto nos iremos

Arcano sueño
antepasado de mi sonrisa
el mundo está demacrado
y hay candado pero no llaves
y hay pavor pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?

Porque a Ti te debo lo que soy

Pero no tengo mañana

Porque a Ti te...

La noche sufre.

ANILLOS DE CENIZA
a Cristina Campo

Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.

Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.

MADRUGADA

Desnudo soñando una noche solar.
He yacido días animales.
El viento y la lluvia me borraron
como a un fuego, como a un poema
escrito en un muro.

CUARTO SOLO

Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.

FORMAS

no sé si pájaro o jaula
mano asesina
o joven muerta jadeando en la gran garganta oscura
o silenciosa
pero tal vez oral como una fuente
tal vez juglar
o princesa en la torre más alta.

SOMBRAS DE LOS DÍAS A VENIR
a Ivonne A. Bordelois

Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores,
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña.